AD PORTAS DEL 2,000: INMANENCIA
La publicación de “Inmanencia” por parte de cuatro jóvenes poetas de la U. Católica, no hace más que confirmar una de las tesis de Octavio Paz: los movimientos poéticos (y artísticos, en general) se suceden unos tras otros a través de progresiones dialécticas, en los que el factor predominante es el cambio. Asistimos, por paradójica que parezca la expresión, a una tradición de la ruptura.
Si bien el apego por la originalidad y lo nuevo es un fruto romántico, la modificación de una estética podría ser entendida a partir de factores sociales y políticos. Así, por ejemplo, frente a los neoclásicos discípulos de Boileau o de Luzán, defensores del poder monárquico, se alzaron Göethe, Schiller y Hugo, defensores de un orden republicano y democrático.
Entre nosotros, frente al modelo estatista y de economía dirigida de los años setenta y ochenta (cuyos arquetipos culturales fueron Vallejo, Arguedas y Mariátegui), hoy en los noventa, década de vigencia del liberalismo económico, de una economía de libre mercado y empresa, los modelos vigentes serían los autores “sin ideología”. En la bolsa de valores de los modelos culturales e ideológicos vigentes, los autores socialistas o sociologizantes no están de moda.
En este sentido habría que interpretar la lectura que de Arguedas hace Vargas Llosa. Es sintomático que el estudio dedicado al autor de “Los ríos profundos” lleve por título “La utopía arcaica”, y en él se afirme explícitamente que el indigenismo “fue una ficción ideológica de corte pasadista y reaccionario -es decir, colectivista, mágico, irracionalista, antimoderno y antiliberal”. Esta lectura se encuentra en abierta oposición a la efectuada por Antonio Cornejo Polar, quien en “Los universos narrativos de JMA” -cuya primera versión data de 1974- entiende la obra de Arguedas como la explicitación de la dicotomía cultural básica de nuestro país. En esta misma dirección, Martín Lienhard afirmaba, en una intervención de 1984, que la vigencia de la obra arguediana y en especial de su última novela “está en la creación de un equivalente literario del caos político, económico y cultural que caracteriza al Perú actual”.
La propuesta de “Inmanencia” (Florentino Díaz, Christian Zegarra, Carlos Villacorta y Enrique Bernales) se inscribe clara y obejetivamente en una opción anti-setenta y ochenta. Rocío Silva-Santisteban, madrina del grupo, lo afirma en la primera línea de su nota preliminar: “La poesía conversacional ha muerto”. Claro que todo hiato significa, a su vez, el establecimiento de nuevos puentes con otros modelos generacionales: la poesía pura, antidialógica, sagrada, de Vanguardia (Adán, Oquendo, y, por supuesto, Moro y Westphalen).
Esta elección significa, a su vez, reivindicar otros autores. Ya lo decía Rocío Silva: Lautréamont, Rimbaud, Nerval. La poesía de lo sagrado, el poeta como oficiante de un rito, el oficio de la palabra como un culto: “En el principio era el ritual...” (p. 10)
Parecería ser un simple remedo de décadas pasadas; sin embargo, jamás la historia se repite. ¿Dónde radica la diferencia, entonces? Quiero imaginar que frente a la poesía de lo banal, del más absoluto despojamiento de la carga mágica o sagrada de la palabra, en pleno auge del liberalismo económico, estos jóvenes -como el arte de toda las épocas- van contra la corriente y afirman aquello que niega su tiempo: la creencia en los poderes de la palabra como medio para romper la distancia entre el hombre y su entorno, la “poesía como comunicación, como grito, como aguijón que penetra en los arcanos para revelarlos” (p. 11).
Quiero señalar otra diferencia no sólo en relación con las recientes generaciones, sino con los poetas de vanguardia: Frente al caos y lo subterráneo o la exaltación del erotismo descarnado y la sensualidad sin freno, el sentido de lo sagrado. El poeta es el oficiante de un culto en cierto sentido religioso en el que el erotismo está ausente. Entre los surrealistas, en cambio, es el amor el estado o momento en que el universo revela su esencia.
Por otro lado, ingresar en el terreno de lo sagrado implica una postura ética. La condena del materialismo actual, del hambre, la ruina y la peste, del bienestar entendido como la “patética idea del goce”, supone la apertura del espacio escritural y su adscripción al ámbito de la vida diaria. Ad portas del segundo milenio, ¿Una nueva estética o una ética?, ¿un nuevo acto de fe o de condenación? Parece que estos jóvenes darán mucho que hablar en los tiempos venideros.